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La estación

 

Hubo un tiempo en que Toro Rengo se convirtió en uno de los muchos pueblos olvidados. Durante años, el tren supo conectar ese lejano paraje con las ciudades, pero un día dejó de pasar. La vía quedó entonces cubierta de yuyos. Los durmientes de madera, desgastados por las lluvias y el polvo, casi no existían, y los rieles, escondidos entre la maleza, eran un recuerdo de la época dorada.

El tren había transportado tanto producción agrícola como pasajeros y nunca faltaron quienes aprovecharan la detención de las formaciones en la estación para vender toda clase de mercancías.

La familia Urruti fue una de las primeras establecidas en Toro Rengo. Llegó sólo la pareja de recién casados. Él, con un nombramiento como encargado de la estación, realizó ese trabajo hasta que se jubiló. Mientras, tuvieron hijos; el mayor de ellos tomó el puesto del padre tras su retiro.

Cuando cesó el servicio, el viejo Urruti siguió asistiendo a la estación. No a cumplir horario como en el pasado, pero sí a sentarse cada tarde en una mecedora a contemplar la vía muerta. No se podía decir que mantuviera la lucidez de antaño, más bien parecía algo ido y no dejaba de hamacarse en esa mecedora.

Los pocos niños que quedaban en el pueblo también iban a la estación, y luego se internaban en los yuyos y caminaban sobre los rieles haciendo equilibrio; para eso servían  esos rieles, después de haber sido el instrumento que conectara Toro Rengo con poblados situadas a varios kilómetros de distancia.

Los niños eran pocos porque eran pocas las personas en edad de procrear. Los jóvenes se habían marchado de allí a diferentes destinos; uno de los ausentes era el hijo de Urruti, el mismo que lo reemplazó cuando se jubiló.

 

En esas tardes, el viejo Urruti, con la mirada perdida, solía recordar cierta jornada de varias décadas atrás:

En una formación de pasajeros había llegado una pareja. Ambos lucían nerviosos. Le llamaron la atención la belleza de la mujer y el hecho de que su acompañante fuera sensiblemente más joven; en esa época era poco frecuente tal cosa. Miraban hacía todos lados, como si escaparan de algo o de alguien. Escrutaron a cada una de las personas en la estación, antes de atreverse a hablar con una de ellas. Preguntaron dónde podrían alojarse. Raro; no era un pueblo turístico, nadie sin familia allí iba a quedarse, salvo por negocios, aunque la mayoría de esos negocios se resolvían en la jornada. Sin embargo, para las pocas ocasiones en que alguien se quedaba, había un pequeño hospedaje; más bien una casa que tenía un par de habitaciones en alquiler.

Estuvieron pocos días, y casi no se dejaron ver por el pueblo. Mantenían con la gente una distancia prudencial. En algún momento, el joven se acercó a la estación para preguntar a Urruti sobre el recorrido del tren y a qué lugares podrían llegar. Urruti pensó que eran una pareja en una situación similar a la que habían tenido él y su esposa cuando llegaron a ese pueblo. Pese a ser ése un pensamiento propio, no lo convenció del todo. Y no sería infundado ese poco convencimiento.

La bocina de la locomotora anunció el arribo del tren de esa tarde. El sonido en principio lejano, se fue haciendo cada vez más cercano, más audible. Para Urruti era música, como para la mayoría de la gente del pueblo; para el joven visitante, una fuente de nerviosismo.

Así como el poco convencimiento de Urruti acerca de pensar que ésa era una pareja normal no era infundado, tampoco lo era el nerviosismo del joven.

De la formación descendió un hombre de mediana edad. Al igual que la pareja, también miró hacia todos lados pero no daba la sensación de escapar de alguien, sino de estar buscándolo.  Cuando sus ojos se posaron sobre el joven que hablaba con Urruti, la búsqueda terminó.

Extrajo un arma de su bolsillo y disparó unos pocos y certeros balazos. El joven se desplomó.

La gente en la estación reaccionó de múltiples y variadas maneras. Las mujeres gritaban y se alejaban llevándose los niños casi a la rastra. Los hombres se esforzaban por mantener la compostura, mostrándose en una actitud más calma, aunque fuera fingida. El único policía en la estación apuntó con su arma al asesino y le ordenó entregarse, pero éste colocó el arma homicida sobre su sien derecha y siguió a su víctima.

Dos muertos sobre el andén. En ese pueblo en el que no se recordaba otro episodio ni siquiera parecido, la tragedia llegaba para demostrar que está presente en donde quiera que haya humanos. Luego vendrían las explicaciones: el asesino suicida era el marido de la mujer que acompañaba al malogrado joven. El móvil del crimen era tan obvio que el Juez resolvió el caso a la manera de un simple trámite burocrático.

La mujer se marchó una vez que se aclaró todo. Se dice que continuó su vida en Buenos Aires, pero no murió en la gran ciudad.

 

Una de esas tardes, los niños hablaban entre ellos de una historia de terror, ¿acaso una leyenda urbana? Uno de ellos había escuchado, de boca de su hermano mayor, sobre una mujer que terminó con su vida arrojándose bajo las ruedas del tren en la vía que aún no estaba muerta.  La historia incluía detalles tales como que su fantasma rondaba la vía, y hasta que podía oírse la bocina del tren.

Decidieron preguntar al viejo Urruti sobre ese hecho. Se pararon frente a él sin que su presencia lograra que el hombre dejara de hamacarse. Sin embargo, era obvio que notaba que ellos estaban ahí.

—Don Urruti, ¿usted sabe algo sobre una mujer que se tiró abajo del tren hace muchos años? —indagó uno de los niños.

Tal vez una persona normal no hubiera respondido esa pregunta viniendo de unos niños, pero el viejo llevaba años sin ser normal.

—Sí, esa mujer. Aún la veo. Así que, ustedes también saben de ella.

—Sí, bueno…

—¿Verdad que es hermosa?

—Nunca la vimos. No habíamos nacido cuando…

—No, entonces no habían nacido, pero ahora la ven igual que la veo yo.

—Vamos —dijo otro de los niños, que todavía no había hablado, y no hizo falta que insistiera: los otros se fueron con él, primero caminando y luego corriendo, asustados.

El viejo quedó solo hamacándose en la mecedora y diciendo para sí mismo:

—Sí… es hermosa… —babeaba.

 

Transcurrido el tiempo de olvido, llegó al pueblo la noticia de que las nuevas autoridades habían decidido reactivar ese ramal ferroviario. Unos meses más tarde, los yuyos fueron cortados, los durmientes reacondicionados y los rieles volvieron a servir para conectar a Toro Rengo con pueblos distantes.

Con el tren arribaron al pueblo toda clase de personas; entre ellas, unos estudiantes de cine que, interiorizados sobre aquella tragedia por un nieto de Urruti, tenían la intención de filmar un corto alusivo.

Se tomaron testimonios a los vecinos para escribir el guión. Como suele pasar con esas historias, algunos de esos testimonios diferían entre sí. Además, el director no estaba dispuesto a resignar su parte creativa; después de todo, no era un documental, sino ficción.

La historia más verosímil hablaba de que la mujer, tras vivir unos años en Buenos Aires, regresó a Toro Rengo para morir en ese lugar que había marcado su vida. Otra, decía que la mujer, acusada de adúltera, fue tomada por un grupo de vecinos puritanos y atada a las vías del ferrocarril. En los dos casos moría bajo las ruedas de una formación.

El director eligió la segunda, por ser la más impactante; al fin y al cabo, no era más que un corto de ficción. También decidió que el viejo Urruti apareciera en la filmación; le parecía que ese anciano en su mecedora creaba una atmósfera más aterradora.

 

La actriz fue caracterizada de acuerdo a la descripción de la mujer que aportaron los testigos. Cuando Urruti la vio, experimentó una súbita taquicardia. Ahora no era sólo su fantasma, era ella en carne y hueso que regresaba del más allá. Su corazón, ya débil, bombeaba con dificultad.

Ella estaba maniatada sobre los durmientes de la vía, unos metros antes de la estación. La toma era sensacional: en primer plano, la mujer pujando por escapar de su castigo rodeada por la turba de gente que lo había decretado; de fondo, la estación y el viejo en su mecedora.

A lo lejos sonó la bocina del tren.

Los del equipo de filmación se miraron entre ellos; se suponía que las escenas de la mujer maniatada y del tren llegando a la estación se filmarían por separado.

No sólo se suponía. Debía ser así.

El sonido de la bocina, en principio lejano, se fue haciendo más cercano y audible. Para Urruti solía ser música, pero se impacientó, como aquella vez que vio a esa misma mujer morir bajo las ruedas de una formación. La taquicardia se tornó mucho más fuerte de lo que su añoso corazón podía aguantar.

—Sí… es hermosa… —babeaba.

Era la segunda vez que veía morir a esa mujer, y la última que escuchaba esa música.

 

*Este cuento integra la antología de cuentos de terror Vía Muerta, Ed. Pelos de Punta. Buenos Aires, 2016.

Luciano Doti

(Buenos Aires, 1977)

Ha publicado cuentos, microficciones y poemas en varias revistas como Qu, NM, Insomnia, Penumbria, El Narratorio, Tiempos Oscuros y miNatura, y en antologías de De los Cuatro Vientos, Dunken, Desde la Gente, Mis Escritos, Pelos de Punta, Tahiel, Macedonia, Outsider y Ediciones Irreverentes. Obtuvo los premios Kapasulino a la Inspiración 2009 –otorgado por un taller literario-, Sexto Continente de Relato 2011 –por una audición de Radio Exterior de España-, Microrrelato de Miedo 2013 –por un grupo de estudiantes de la Universidad de Navarra- y los segundos premios de microrrelato de Ed. Mis Escritos 2014 y Revista Guka 2015. En 2016, fue finalista de los concursos Twitteratura400, en el marco de la 42ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, Mis Escritos y El lado oscuro del Conurbano , y recibió menciones en los de Guka y de Tahiel.

Luciano Doti
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